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6. TRATAMIENTOS

6.1. Tipos de tratamientos

 

 

Los objetivos terapéuticos han de definirse en función de las características del paciente y de la gravedad de la adicción. Analizando estos factores, podremos clasificar 4 tipos de tratamientos.

 

 

TRATAMIENTO DE TIPO 1

Son tratamientos indicados especialmente para un paciente con las siguientes características:

  • Su objetivo fundamental consiste en mejorar su calidad de vida, sin pretender alcanzar una abstinencia en el consumo.
  • No acude voluntariamente.
  • Su demanda descarta explícitamente la abstinencia.
  • Se muestra claramente dudoso o incapaz de mantener la abstinencia.

 

Las estrategias de intervención en este caso son:

  1. Intervenciones no programadas, de carácter puntual basadas en los síntomas, en las que se actúa sobre la demanda y, fundamentalmente, a través de dispositivos inespecíficos de las redes públicas sanitarias y sociales, y grupos de autoayuda. Actuaciones sintomáticas de urgencias, la atención de las complicaciones médicas, las ayudas económicas, el consejo legal, la facilitación de comidas o camas, etc…
  2. Intervenciones con una programación más específica, montadas sobre las necesidades del colectivo, y no sobre exigencias individuales. En esta modalidad encontraremos un servicio continuado de atención y orientación para familias de enfermos, un servicio telefónico de 24 horas, un dispositivo de atención para síndromes de abstinencia, un programa de albergues, un plan de facilitación e intercambio de jeringuillas, etc… Siendo actuaciones más específicas, que podrían ser responsabilidad, según los casos y las circunstancias concretas de la realidad local, de servicios públicos comunes, servicios especializados dentro de dispositivos generales, recursos específicos de autoayuda y otros.

 

 

TRATAMIENTOS DE TIPO 2

Son tratamientos indicados especialmente para pacientes que persiguen los siguientes objetivos:

  • Mejoras parciales en relación con su consumo.
  • Abstinencias transitorias.
  • Disminución de la gravedad del consumo (dosis, vía de administración, tipo de sustancia, etc.).
  • Sustitución controlada de la sustancia por otra con menos consecuencias personales y sociales, que puede plantearse sin límites temporales (programas de mantenimiento) o como un paso previo e intermedio de cara a la abstinencia.

 

Las estrategias de intervención en este caso son un objetivo a menos ambicioso, que se conforma con remisiones parciales.

Ejemplos de actuaciones: Realización de curas de desintoxicación aisladas, los seguimientos periódicos de casos con intervenciones de apoyo médico, personal o social, el apoyo y orientación a familias, la intervención grupal sobre colectivos adictos. Es claro que, junto a la finalidad principal de conseguir mejoras en la situación de consumo, con estas acciones se puede conseguir al propiciar un planteamiento personal más ambicioso en cuanto a modificaciones de la situación global.

 

 

TRATAMIENTOS DE TIPO 3

Son tratamientos indicados especialmente para un paciente con las siguientes características:

  • Solicitan o, al menos, aceptan algún tipo de intervención controlada y programada que mejore su situación global, pero de los que, por diversas razones, no puede esperarse razonablemente una conducta abstinente, al menos en un primer momento.
  • Casos en los que los fracasos anteriores repetidos, el deterioro físico o social, el estadio del proceso de la dependencia al que se ha llegado, etc. limitan seriamente las perspectivas.

 

Objetivos:

  • Disminución de la gravedad de las consecuencias del consumo y el control de este, y por otro, el propiciar unas intervenciones que permitan, si ello es posible, un segundo momento de abstinencia.
  • Mejoría de salud física.
  • Maduración de la personalidad.
  • Reordenación de la dinámica socio personal, familiar, etc.
  • Sustituir el consumo con sustancias controladas, menos nocivas para el paciente y para los demás, hasta que las circunstancias del paciente cambien (tratando por supuesto de ayudarle a cambiar).

Ejemplos: casos especiales como las embarazadas con una adicción, recomiendan estas estrategias, siendo preferible sustituir que suprimir radicalmente el tóxico. Otro ejemplo son los programas de mantenimiento con metadona y otros agonistas opiáceos.

La selección de cada uno de estos objetivos implica un análisis detallado de la demanda del paciente, la creación de unos objetivos claros y unos planes de intervención específica e individual que serán los que definan las estrategias de intervención.

 

 

TRATAMIENTOS DE TIPO 4

Son tratamientos indicados especialmente para un paciente con el que es razonablemente posible plantearse unas exigencias de abstinencia, con lo que ello comporta, tanto en relación con un cambio sustancial de su forma de vivir e interactuar, como en relación con las consecuencias que van a connotar su vida de forma secundaria.

 

Características de estos tratamientos:

  • Programas de intervención amplia, estructurados, que abarcan los diversos y complejos momentos de la atención, que persiguen un objetivo más ambicioso en pro de cambios de mayor profundidad.
  • Abordaje multidisciplinar, que permita intervenir sobre los diversos niveles de conflicto.
  • Diversidad de recursos para posibilitar respuestas diversas a problemas diferenciados.
  • Coordinación de recursos sanitarios y sociales.
  • Intervención multifocal, sobre el individuo y sobre su entorno familiar y social.
  • Compromiso del paciente para encarar la responsabilidad del cambio.

 

 

DESINTOXICACIÓN

La fase de desintoxicación implica.

  • Suprimir el consumo de la sustancia psicoactiva
  • Vigilar y paliar las posibles consecuencias de la deprivación
  • Reconstituir lo más rápidamente posible la situación metabólica que la presencia del tóxico alteraba
  • Aprovechar la especial situación para trabajar: motivación, confianza, dependencia, regresión, reafirmación personal, etc.

En función de los objetivos que se pretendan alcanzar y de cuales sean las circunstancias del paciente (estado físico, motivación, contención familiar, posibilidades de control, características de la situación toxicológica, etc.) deberemos elegir uno de los siguientes métodos para llevar a cabo la desintoxicación.

  1. La Unidad de Desintoxicación Residencial, en régimen cerrado.
  2. Internamiento hospitalario (ultracorto o corto).
  3. Rehabilitación en régimen intermedio: Centros de Día.
  4. Desintoxicación domiciliaria o ambulatoria.
  5. Desintoxicación por reducción progresiva u autocontrolada del consumo u dosis administrada.

 

Los principales instrumentos terapéuticos que ayudan en la desintoxicación son:

  • Manejo ambiental (familiar y grupal) que permita un contexto de control y apoyo.
  • Apoyo psicoterapéutico para reforzar la motivación, desdramatizar la abstinencia, asegurar a través de identificaciones positivas, etc…
  • Tratamiento farmacológico, adecuado a las circunstancias personales del paciente, al ámbito y al tipo de desintoxicación.

 

El proceso de rehabilitación constituye un intento por cambiar en profundidad la estructura del sujeto, su mundo intra y extra personal, reordenar su situación en todos los ámbitos, reestructurar psicológicamente su personalidad y reconstruir su organización metabólica, biológica, bioquímica, etc. alterada por la droga.

 

Sus objetivos son:

  • Ruptura de los hábitos personales de consumo.
  • Reafirmación de la autonomía personal.
  • Aumento de los recursos y potencialidades individuales.
  • Reorganización de la dinámica de inclusión familiar.
  • Reorganización de las interacciones con el ámbito laboral y social.
  • Refuerzo, en suma, de las posibilidades de la persona de cara a su actuación individual, familiar, laboral y social en libertad de acción y sin precisar de la utilización de la sustancia adictiva.

 

 

6.2. Niveles de intervención

 

 

PRIMER NIVEL ASISTENCIAL

El primer nivel asistencial, está constituido por los siguientes centros y servicios sociosanitarios, generales y específicos:

  1. Equipos de Atención Primaria (EAP) de los Centros de Salud y consultorios auxiliares.
  2. Equipos Sociales de Base (ESB) de los Centros sociales dependientes de la Administración Local.
  3. Unidades de Prevención del SIDA (UPS) y Centros de Información y Prevención del Sida (CIPS) de los Centros de Salud Pública.
  4. Unidades de Prevención Comunitaria (UPC) de la Administración Local.
  5. Centros y Servicios dependientes de la Administración de Justicia y Unidades de Valoración y Apoyo en Drogodependencias (UVAD).
  6. Programas gestionados por organizaciones no gubernamentales (ONGs) y Asociaciones de Ayuda y Autoayuda, en los términos establecidos en la legislación vigente.

 

Son prestaciones del primer nivel asistencial a las personas drogodependientes y con trastornos adictivos:

  1. La información, orientación, asesoramiento, motivación, educación sanitaria y promoción de la salud, y en su caso, la derivación hacia niveles básicos o especializados de intervención, sanitaria o social.
  2. Pronóstico, diagnóstico y detección precoz: valoración previa de las personas para la toma de decisiones terapéuticas.
  3. La atención a su problemática social y a las patologías somáticas asociadas al uso y/o abuso de drogas y otros trastornos adictivos.
  4. El apoyo a su proceso de incorporación social.
  5. La ayuda y asesoramiento a sus familiares y entorno afectivo.

 

 

SEGUNDO NIVEL ASISTENCIAL

El segundo nivel está constituido por los siguientes centros y servicios generales y específicos:

  1. Unidades de Conductas Adictivas (UCAs) se constituyen como dispositivo de referencia del modelo en su correspondiente Área de Salud, y cuya definición y funciones se determinan en la Orden de 7 de julio de 1997, de la Conselleria de Sanidad (DOGV n°: 3.092, de 03.10.97). Cuando en un Área de Salud aún no existiera una Unidad de Conductas Adictivas, se determinará como unidad de referencia la más próxima al lugar de residencia del solicitante de asistencia.
  2. Unidades de Salud Mental (USM): en cuanto refiere al tratamiento de la patología dual que pudiera concurrir.
  3. Unidades de hospitalización psiquiátrica de agudos y de media estancia: en iguales términos que las Unidades de Salud Mental cuando fuera precisa hospitalización.
  4. Hospitales Generales y Centros de Especialidades: en referencia a tratamientos de patologías orgánicas concomitantes.

Son prestaciones del segundo nivel asistencial a las personas drogodependientes y con trastornos adictivos:

  1. La planificación individualizada del proceso terapéutico: desintoxicación, deshabituación y rehabilitación ambulatoria.
  2. El apoyo y coordinación de los procesos de incorporación social y familiar, así como a los recursos del nivel primario y terciario de intervención.
  3. El diseño y desarrollo de los programas de mantenimiento con opiáceos y de reducción de daños.
  4. La atención a las patologías somáticas y psiquiátricas asociadas al consumo de drogas.
  5. La atención a las urgencias provocadas por el consumo de drogas.
  6. La educación sanitaria y de apoyo psicológico a drogodependientes infectados por el VIH y enfermos de SIDA.
  7. La intervención familiar orientada a la consecución de los objetivos terapéuticos.

 

 

TERCER NIVEL ASISTENCIAL

El tercer nivel asistencial está constituido por los siguientes centros y servicios sociales y sanitarios, generales y específicos:

  1. Unidades de Desintoxicación Hospitalaria (UDH).
  2. Unidades de Deshabituación residencial (UDR).
  3. Centros de Día (CD).
  4. Centros de Encuentro y Acogida (CEA).

Las prestaciones de este nivel de intervención son las señaladas, con carácter general, en la definición de estos centros. El acceso a estos centros y servicios quedará condicionado a la previa solicitud efectuada desde la Unidad de Conductas Adictivas o Unidad de Alcohología que correspondiere a su Área de referencia.

 

 

6.3. Dificultades durante los tratamientos

 

 

Existen dificultades tanto para iniciar el tratamiento como para mantenerlo ya que, para el consumidor, la sola idea de mantener una abstinencia le resulta insoportable y normalmente piensa que será incapaz de lograrlo.

 

Dificultades para iniciar el tratamiento

  • No tener una real conciencia de problema
  • Deseabilidad social: la vergüenza que pueden sentir al tener que hacer pública una enfermedad que socialmente no está bien vista.
  • Rebeldía. La adolescencia se caracteriza en ocasiones por enfrentarse a las normas preestablecidas, y la abstinencia puede vivirse como una forma de sometimiento social.
  • De forma inconsciente, podría ocurrir (y ocurre con relativa frecuencia) que los padres no quieren que se su hijo cure, ya que su enfermedad puede permitirles ciertos beneficios inconscientes: seguir siendo necesarios para sus hijos, que su existencia vacía tenga un significado, poder culpar al otro miembro de la pareja de la mala influencia que ha ejercido en sus hijos…
  • Desconocimiento, por parte de los padres, de la profundidad del problema. Quizá piensan que el consumo de su hijo es menor de lo que es en realidad, o que la marihuana no es una sustancia perjudicial.
  • Miedo, por parte de los padres, a que al iniciar el tratamiento salgan a la luz otros temas escabrosos de la familia.
  • Miedo, por parte de los padres, a confirmar la culpabilidad que sienten en lo referente al cuidado y la educación de su hijo, pues consideran que no ha sido buena.

 

Dificultades para mantener el tratamiento

  • El paciente piensa que ya “está curado”, antes de superar los objetivos del tratamiento.
  • El paciente cree que consumir de vez en cuando no es problema, y que ahora que ha rebajado mucho el consumo, puede mantenerse de este modo sin experimentar efectos nocivos. En realidad, esto es un autoengaño puesto que generalmente, una persona que consumía una cantidad determinada volverá a dosis similares o mayores en cuanto se elimine la supervisión externa.
  • Identificar el problema origen. Si consideramos la adicción como el síntoma de un problema previo de la persona, y no como la causa del resto de sus problemas, a lo largo del tratamiento, tarde o temprano, se identificará ese problema raíz. Ello supondrá probablemente una etapa de crisis en la terapia pues el paciente creerá no estar preparado para afrontarlo. Pensemos que hasta ahora jamás lo ha afrontado, y que, de hecho, ha usado el consumo de droga para evitar pensar en eso.
  • La ausencia de la sustancia psicoactiva provoca una falta de estimulación del sistema nervioso tal que la nueva realidad ahora le resulta insípida, carente de emociones, sin intensidad…
  • Puede ocurrir que el terapeuta sea incapaz de ayudar al paciente, incapaz de acompañarlo sea por el motivo que fuere.
  • También puede suceder que los padres, por los motivos anteriormente mencionados, saboteen el tratamiento.

 

Dificultades para el cambio

Nos gusta decir que vivimos tiempos de transformación, que la evolución de la humanidad es vertiginosa. Proliferan los cursos sobre crecimiento personal, autorrealización… Sin embargo, alcanzar verdaderamente un cambio, en lo que a nuestros hábitos se refiere, no es fácil en absoluto. Habitualmente creemos estar cambiando cuando, en realidad, lo que hacemos es implementar una estrategia para aliviar la tensión y poder continuar sin realizar ninguna modificación verdadera. Es decir, realizamos pequeñas variaciones que nos permiten, únicamente, seguir soportando la misma situación incómoda que queríamos superar. O, dicho de otro modo, sólo modificamos lo que tiene que cambiar para que todo siga igual.

Como suele decirse, los humanos somos seres de costumbres. De hecho, la mayor parte de los procesos que desarrollamos diariamente son automáticos (conducir, caminar, atarnos los cordones de los zapatos…), y otros muchos son inconscientes, tales como sonreír al reconocer a alguien que nos resulta familiar, respirar, parpadear… Es tan alto el porcentaje de procesos automáticos e inconscientes en nuestra conducta diaria que realizar un cambio resulta ciertamente complicado.

Imagine la dificultad que supone caminar erguido para una persona acostumbrada a encorvarse. Ha de recordar constantemente su objetivo, porque a la mínima distracción, volverá a la postura que pretende corregir. Pero la verdadera complejidad tiene lugar cuando se trata de un cambio profundo, relacionado con nuestra actitud ante las cosas.

El primer paso para lograr un cambio estable y profundo es tomar conciencia del problema. Desmenuzarlo a conciencia; a ser posible, con la ayuda de personas de confianza. Para ello tendremos que hacer consciente cada proceso inconsciente, y realizar de forma voluntaria los protocolos automáticos que deseemos modificar. Para ello podríamos preguntarnos: ¿Realmente quiero cambiar?, ¿Qué beneficio obtengo de continuar con mi problema?”, “¿Ciertamente se trata de un problema para mí, o sólo supone un problema para otras personas de mi entorno?”, “¿Es el momento de afrontar este problema, o por ahora estoy demasiado ocupado en otros asuntos?”.

El segundo paso consiste en pasar a la acción. Para ello hemos de poner fin al paso anterior. -En ocasiones, analizar demasiado un asunto acaba convirtiéndose en una justificación para no resolverlo-. Pasar a la acción significa entrenar en el cambio. Cada día, de forma programada, como quien acude al gimnasio. Y, lo más importante, estableciendo unas consecuencias de incumplimiento. ¿Qué ocurrirá si no cumplo hoy la tarea que me había programado para alcanzar el cambio?

La filosofía oriental sugiere hacer una cosa cada vez, pero concentrando toda nuestra energía en ella. Este es, sin duda, el mejor modo de lograr el cambio personal que tanto tiempo llevamos aplazando.

 

 

6.4. Tratamiento hospitalario vs ambulatorio

 

 

Entendemos que el tratamiento hospitalario no es recomendable para un paciente consumidor de marihuana, a no ser que existan problemáticas asociadas, tales como trastornos mentales (patología dual), enfermedades físicas específicas, o situaciones de desamparo. No resulta pertinente la pérdida de la continuidad escolar, ni imposibilitar el tratamiento de las dificultades en el entorno real de la persona. Además, existe la posibilidad de que en el propio centro de acogida conozcan a otros jóvenes con situaciones aún peores que les sirvan de ejemplo para el consumo de sustancias aún más dañinas.

El tratamiento hospitalario es recomendable para pacientes desestructurados, incapaces de mantener uno estudios o un trabajo, consumidores de sustancias como cocaína en base o heroína.

En situaciones normales, el tratamiento ambulatorio es recomendable para pacientes estructurados, que pueden mantener una vida normalizada, asistiendo a sus actividades educativas o laborales, y que consumen marihuana, nicotina, u otras sustancias cuya dependencia física no ha sido demostrada (éxtasis, cristal, LSD, etc.).

En el tratamiento ambulatorio se lleva a cabo una terapia individual realizada por psicólogos especialistas en el tema, y equipos multidisciplinares, se complementa con la terapia grupal, y espacios habilitados para la participación de la familia, la pareja, los amigos… Todo ello nos permitirá un enfoque sistémico que se ha demostrado enormemente eficaz para alcanzar el alta terapéutica, lo que significará que la persona ha adquirido las herramientas necesarias para no volver a consumir.

 

 

6.5. Recomendaciones para el terapeuta

 

 

El terapeuta que ha de afrontar un tratamiento con un paciente adicto debe desarrollar unas habilidades y destrezas personales específicas:

  • Ser auténtico. Lo que “cura” es la relación terapéutica. Que el paciente sienta que delante de él tiene a una persona que verdaderamente quiere que mejore, una persona a la que verdaderamente le importa.
  • La habilidad para establecer una buena con el paciente (química).
  • Partir de que una gran parte, la más importante de hecho, de los resultados del tratamiento tiene que ver con los cambios de los padres.
  • Ser capaz de motivar al paciente usando todas las estrategias conocidas que se consideren pertinentes y toda la imaginación de que dispongamos.
  • No atraparnos, como terapeutas, en roles proteccionistas, paternalistas o maternalistas. De este modo no podemos ayudarle. No podemos interpretar una falta de asistencia o un rechazo a seguir nuestras sugerencias como algo personal. No nos fallan a nosotros, sino a sí mismos. Además, podemos pensar que las resistencias del paciente no son tales. Se trata más bien de las resistencias del terapeuta para flexibilizar, ser capaz de ver la realidad desde otro punto de vista y no obcecarse con su propuesta.
  • Es frecuente que el adolescente rete al terapeuta en una lucha de poder para evitar ser dominado. En este caso es recomendable no enfrentarse a él, sino más ben buscar las causas de dicho enfrentamiento y trabajarlas sin personalizar.
  • El cultivo de la paciencia nos ayudará a no desesperar o dar por malo un enfoque sólo porque a corto plazo no nos está dando los resultados esperados. Una persona que lleva décadas funcionando de un modo no puede cambiar en unas pocas semanas.
  • El trabajo terapéutico debe tener en cuenta todas las áreas de la persona: familiar, de pareja, social, personal, laboral, estudios, ocio.
  • La prevención de recaídas resulta fundamental antes de terminar el tratamiento. Analizar las posibles causas de una recaída y asegurarnos de que el paciente cuenta con los recursos necesarios para afrontar situaciones de alto riesgo para el consumo.

 

 

6.6. Anticipar una recaída

 

 

Según el Informe mundial sobre las drogas que ha publicado La Oficina contra la Droga y el Delito (UNODC) de las Naciones Unidas, el número de personas en todo el mundo descritas como dependientes de las drogas ha aumentado hasta alcanzar una cifra récord: más de 29 millones.

De ellos, sólo un pequeño porcentaje acude a tratamiento. Sin embargo, la verdadera angustia de los familiares cercanos comienza cuando la persona termina su proceso en el centro de rehabilitación. En efecto, el riesgo de recaída está siempre presente, puesto que la adicción se considera una enfermedad crónica. Ahora, el enfermo no sólo debe de alejarse de los entornos de riesgo o de otras personas consumidoras, sino que también debe afrontar aquellos sentimientos y creencias que lo hacen vulnerable.

La posibilidad de la recaída forma parte de la realidad. Es algo de lo que se habla poco y de lo que muchos pacientes prefieren no pensar, pero precisamente obviarlo multiplica las posibilidades de que suceda. Afortunadamente, las recaídas avisan. Se anuncian a través de pequeños signos que el paciente puede identificar si es lo suficientemente sincero consigo mismo. Por ejemplo, no acudir a una cita de seguimiento pensando que ya no la necesita, volver a escuchar música que él relaciona con el consumo, olvidar que sigue siendo un adicto y que ha de cuidarse y limitarse con especial dedicación…

También constituyen factores de riesgo los acontecimientos angustiosos como las presiones laborales, los problemas de pareja, las crisis económicas o estados de ánimo concretos, como sentimientos de culpa, ansiedad, depresión, o euforia.

Un buen mecanismo para evitar una recaída es preverla. Con esto no queremos decir que haya que recrearse en el consumo o en la probabilidad de este. Nos referimos a que el paciente ha de saber que es vulnerable, que no está “curado”, que sigue en riesgo. Y debe de conocer en qué situaciones sería más vulnerable. Así podrá evitarlas, estar preparado, pedir ayuda antes de que lleguen. Aprender de las anteriores recaídas que ya experimentó es sumamente importante. Todos tenemos la tendencia a caer dos veces en la misma piedra, y eso nos permite aprender. Cada paso que dio para volver a consumir en el pasado, puede ser ahora identificado y replanteado. Para ello, resulta de extrema importancia el apoyo de las personas cercanas. No para guiarle, ni para controlarle, sino para acompañarle con paciencia en el particular camino que elija recorrer.