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5.3. ¿Qué es una adicción?

 

 

El consumo de sustancias psicoactivas puede dividirse, según la frecuencia de consumo y el consiguiente riesgo, en tres niveles: uso, abuso y adicción.

Para que exista adicción han de producirse dos efectos en la persona: tolerancia y dependencia. La dependencia implica la necesidad que experimenta la persona de consumir de nuevo la sustancia para reducir su síndrome de abstinencia, es decir, la ansiedad alta que provoca la ausencia de la sustancia en el sistema nervioso. Tolerancia significa que para alcanzar el mismo efecto deben consumirse cada vez dosis mayores de la sustancia.

Recordemos que una adicción es una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud y, por lo tanto, la voluntad de la persona para mantener a abstinencia está fuertemente dañada. No se trata de un vicioso, como los comentarios moralistas sugieren, y por lo tanto, debe ser tratado con el máximo respeto y comprensión.

Aunque se ha escrito mucho acerca de la escalera descendente de la adicción, según la cual, una persona comienza por fumar cigarrillos o alcohol, posteriormente pasa a la marihuana, y después a las mal llamadas “drogas duras” como cocaína o heroína, esto no siempre es así. De hecho, en las unidades de tratamiento nos encontramos con jóvenes que consumen marihuana pero que no han probado el alcohol ni los cigarros.

La adicción es una enfermedad crónica, para la que actualmente no existe cura. Esto no significa que la persona deba de consumir el resto de su vida, sino que la probabilidad de consumo o de una recaída es alta si se acerca a la sustancia o al entorno de consumo, o a los hábitos propios de la etapa de consumo.

Desde nuestro enfoque psicoterapéutico, la adicción es el síntoma de un problema previo de la persona, y no como causa del resto de sus problemas. Por ello, a lo largo del tratamiento, ese problema raíz ha de ser identificado y tratado.

 

 

5.3.1. Tipos de consumidores

Existen diferentes tipos de consumidores en función de los efectos que persiguen con el consumo de sustancias psicoactivas:

  • Los que buscan activación, riesgo, poder, sentirán predilección por los excitantes, como la cocaína, la nicotina, o la cafeína.
  • Aquellos que persiguen tranquilidad, calma, y soledad, preferirán los depresores, como la morfina, heroína, marihuana (en algunas circunstancias)
  • Los que pretenden desinhibirse para relacionarse “mejor” socialmente, encontrarán en el alcohol una sensación de falsa seguridad y desinhibición, pese a que este sea un depresor del sistema nervioso, que a las pocas horas llevará a la persona a sentir sueño y cansancio.
  • Consumirán habitualmente LSD y alucinógenos aquellos que tratan de experimentar una realidad alterada alucinar.

Los pacientes verbalizan multitud de motivos para consumir: sensaciones límites, espiritualidad, ligar, llenar el aburrimiento, llenar el vacío, ser especiales, ser distintos, ser iguales, ser más, castigarse, enfermarse para agradar, agradar, desagradar, expandir la conciencia, concentrarse (marihuana), estudiar (nicotina), ser atléticos (anabolizantes), evadirse, ser felices, divertirse, socializar, quitarse la vergüenza, bailar, herirse…

Obviamente estos efectos se logran durante un período breve de tiempo, después con el consumo sólo se alcanza una situación parecida a la que anteriormente tenía cuando no consumía. Pero ahora, con la abstinencia, aparece el efecto contrario al pretendido, además del propio síndrome de abstinencia, es decir: ansiedad, angustia, aburrimiento, sensación de falta de interés por todo, falta de estimulación, dificultades mayores en relaciones sociales…

 

 

5.3.2. La jaula

Hace pocos meses, el psicólogo profesor de Vancouver, Bruce Alexander, ha demostrado que en la adicción a la cocaína y a la heroína existe una poderosísima influencia del entorno y del modo en que uno vive su vida. Hasta la fecha, se había comprobado el poder adictivo de estas sustancias con ratas enjauladas que podían elegir para calmar su sed entre dos recipientes con agua, uno de los cuales contenía, además, cocaína o heroína. Al poco tiempo, los roedores se volvían adictos y, pasado un tiempo, morían a causa de los efectos de la droga.

Sin embargo, el profesor Alexander, realizó un experimento similar, pero en este caso las ratas no permanecían dentro de una solitaria jaula. En lugar de eso las expuso a un entorno estimulante, repleto de juguetes, túneles, comida, y –lo más importante-, más ratas. En este caso, pese a que también podían elegir entre ambos recipientes para beber, uno de ellos con el añadido de la droga, ninguna de las ratas se volvió adicta.

Y esto no sólo sucede en roedores. De hecho, el 95% de los excombatientes norteamericanos que regresaron de Vietnam con adicción a la heroína, logró superar su problema al retomar su vida y su entorno de seguridad y felicidad.

Podemos entender que tales efectos del entorno no sólo ocurren para la población que padece adicciones. Por el contrario, la influencia de las personas que nos rodean es enorme para cualquiera de nosotros. Cuántas veces tratamos de alcanzar grandes objetivos personales sin éxito, o de superar estados de profunda tristeza o decaimiento sin lograrlo. La mayoría de las veces nuestros esfuerzos se refieren a nuestro propio desempeño, pero no siempre está ahí el problema. Nuestras amistades y nuestra familia determinan en gran medida nuestro estilo de vida. Pero es nuestra propia responsabilidad elegir a las personas que queremos que nos afecten. No se trata de discriminar entre buenos y malos, sino de encontrar aquellos que “activan” la mejor versión de nosotros mismos.

El ser humano es social por naturaleza. No adquiere un sentido absoluto como individuo aislado, en el entorno de una civilización cooperativa en el mejor de los casos, o competitiva en otros. De cualquier modo, necesita verse en los ojos del otro para entenderse, para completarse. Y nuestro éxito en este viaje, dependerá en buena medida, de nuestra habilidad para elegir a los compañeros adecuados que nos guíen como un enjambre de estrellas en la noche.

 

 

5.3.3. La adicción nace en la relación

La adicción es una de las patologías más destructivas que existen. Se trata de una enfermedad crónica, para la cual se han probado multitud de tratamientos a lo largo de la historia con resultados dispares. En mi experiencia personal a lo largo de dos décadas poniendo en práctica diferentes procedimientos, he encontrado que existe un enfoque realmente eficaz: aquel que promueve cambios no sólo en las conductas, pensamientos y sentimientos del paciente, sino también de sus seres cercanos. Este método, muy próximo al enfoque gestáltico y al sistémico, entiende que la adicción no es una enfermedad que surge en una persona, sino en la relación entre personas. Así, el adicto es tan sólo el sujeto en el cual aparecen los síntomas de la enfermedad; es él quien realiza el consumo de la sustancia o la conducta adictiva (juego, compras, sexo, trabajo etc.), pero es la familia o sus seres cercanos quienes presentan también comportamientos propios del codependiente, tales como los conflictos frecuentes, los reproches, la victimización, la culpa, la ansiedad generalizada, la represión, etc.

Efectivamente, la familia del adicto acostumbra a reprocharle, a tratarle como un “vicioso”, a culparle de su enfermedad, a ocultar sus propios problemas bajo la sombra de la enfermedad de éste; y su estado de ánimo depende cada vez más de la conducta del adicto: “Ya me siento más tranquilo porque mi hijo lleva más de una semana sin consumir”. Esa dependencia significa que la adicción “arrastra” a todos.

Por ello, el tratamiento de la familia es, en mi opinión, más importante si cabe que el del propio adicto, en el sentido de que el cambio de la familia podría, por sí sólo, “remolcar” al adicto hacia su recuperación. Se trata, como decíamos de una enfermedad que se da en la relación. En algún momento del desarrollo del adicto, la relación con sus familiares enfermó. Poco a poco fue sintiéndose incapaz de alcanzar su autonomía, o quizá los padres no estaban preparados para permitir que su hijo -por ejemplo- “volara del nido”.

Esto no ha de confundirse con la culpa; nadie es culpable del desarrollo de una adicción, por lo tanto, no tiene sentido enfadarse o desesperarse cuando un adicto consume; lo eficaz, de hecho, sería ayudarle. Digamos para expresarlo con más claridad que, enfadarse cuando un adicto consume sería parecido a reprochar a un epiléptico por padecer un ataque. Para alcanzar la abstinencia es necesario en muchas ocasiones, que los seres cercanos identifiquen y trabajen sus propias dificultades.

 

 

5.3.4. La codependencia emocional

Se refiere a la alteración afectiva que sufre una persona hacia otra que a su vez padece una adicción. Los individuos codependientes suelen necesitar una pareja de forma constante, no toleran la soledad, tienen baja autoestima (que provoca una necesidad de aprobación constante por parte de los demás, así como un gran temor al rechazo social), y también presentan comúnmente dificultad para decir «No», anteponiendo, una y otra vez, los deseos y necesidades de los demás a los propios.

La codependencia puede presentarse en cualquier persona que está en contacto con la adicción de otra persona, ya sea un familiar, amigo o compañero. Pero lo más frecuente es encontrarla en la propia pareja de la persona adicta.

En ocasiones, la persona que desarrolla codependencia emocional ha crecido en una familia disfuncional, algunos de cuyos miembros presentaban problemas de alcoholismo, abusos sexuales, malos tratos o violencia de género. En este entorno se transfieren los conflictos familiares no reconocidos ni enfrentados y, por tanto, no resueltos. Así, en la etapa adulta tratará de resolverlos una y otra vez escogiendo a personas problemáticas con el objeto de “arreglarles” la vida.

Este mecanismo sólo contribuye a que la persona codependiente centre toda su atención en ayudar a su pareja y no a sí misma, con lo que su alteración permanece. Por otra parte, es probable que la pareja no tenga el menor interés en ser “arreglada”.

Otro hecho significativo es que la propia conducta del codependiente promueve el avance del proceso adictivo de su pareja. Es lo que los psicólogos llaman «facilitación», y existen diversas formas de hacerlo que oscilan entre la colaboración y la agresión. Los codependientes no pueden darse cuenta de que están facilitando el problema, en parte por la negación y en parte porque están convencidos de que su conducta agresiva está justificada, debido a que están «ayudando» a que el adicto no se deteriore más, y a que la familia no se desintegre.

Por último, mencionar algunas dificultades a la hora de que este problema pueda ser diagnosticado correctamente: Algunas personas codependientes acuden en busca de ayuda médica, pero, por vergüenza u otros motivos, no mencionan el problema de la adicción de su pareja, por lo que los profesionales de salud encargados de hacer el diagnóstico terminan etiquetándolo como «depresión», o simplemente «estrés». Por eso es muy importante que se pueda realizar el diagnóstico correcto para que la familia reciba la ayuda apropiada, y contribuir así a una mejor gestión de la codependencia y la adicción.